30 de enero de 2016

Sin salida

El jadeo incesante de Audriel acompasaba el paso que Marlene apuntalaba lo más rápido posible para suplir la incapacidad de éste para mantenerse en pie. Los pasillos; cada vez más estrechos, permitían ir apoyando las manos, evitando la caída de ambos al suelo. En cada resuello Audriel imploraba que le dejase allí, abandonado a su suerte, para que ella pudiera salvar su vida. Sálvate pecas - repetía entre sollozos entrecortados por quejumbrosos sorbos, intentando mellar la firme idea de su compañera. Audriel se valía de las piernas de Marlene para poder llevar aquel paso torpe y acelerado, mientras arrastraba la extremidad maltrecha dejando un rastro menguante de sangre por entre los recovecos del complejo. Él sabía que aquella herida era definitiva. Y Marlene también, aunque no quisiera asumirlo. Podía sentir que el momento era aquél, que allí debía terminar su viaje y que si alguno de los dos debía vivir cinco minutos más debía ser ella. Su único pie válido dejó de acompasar el camino, iniciando un errático viaje hacia el suelo amortiguado por los anhelos verticales de su compañera. 

Al caer al suelo; Marlene intentó levantarlo sin éxito. Ambos se miraron. El gesto de Audriel era inequívoco. Las heridas de su abdomen y pierna no daban un pronóstico feliz ni aún consiguiendo salir de aquel lugar. A duras penas; Audriel sujetó a su compañera por los hombros y, aproximándose tragó saliva para rogarle que le dejara allí. Marlene apenas podía contener las lágrimas. No quería dejar allí a su amigo, a su compañero, a su superior. La decisión se hizo interminable y no obtuvo más respuesta que la unión de ambas cabezas rompiendo a llorar por la tensión acumulada. Sin ningún gesto más; Marlene cogió el arma de su compañero y la acerrojó; alojando el primer cartucho del cargador en la recámara. Audriel la recibió y, con una leve sonrisa, le espetó a que siguiera el camino hacia la salida.

Y desde allí, observándola dar tres pasos antes de huir de aquel lugar, pudo admirar por última vez el imperfecto mapeado de aquellos lunares superpuestos iluminados bajo el color castaño de aquellos intensos ojos. Sería lo último que recordaría de la última recluta de la compañía Bravo. La última; porque ella también moriría. Igual que murieron todos el día que estalló aquella maldita guerra, aún sin saberlo. Audriel no tenía familia. No tenía hijos. Y a partir de aquel momento, tampoco tenía pelotón. Recogiendo todo el aire que le dejaron sus entrañas, logró levantarse y apoyando su cuerpo contra la pared, aguantó la respiración. Ya podía oírlos. Podía sentir como se acercaban, a trote, guíados por aquellas bestias que olfateaban obsesivamente su sanguinolento rastro. Apenas tenía fuerzas para sostener su cuerpo y el arma. Ya estaban allí. Ya estaban llegando. Y aunque todo se resumía en un eterno segundo, él no pudo seguir esperando.


2 de agosto de 2015

Voy a volver

Tomado como queráis. Pero es lo que tiene tomar conciencia de la única realidad posible.

Nunca me fui. Avisados estáis.

27 de abril de 2013

Carta al aire

Sé que no te gusta. Quizás porque te sientes observada, o porque turba la paz que todos necesitamos de vez en cuando, pero no puedo evitar seguir haciéndolo. Tal y como lo hacía antes de conocerte. Tal y como lo estoy haciendo ahora. No puedo evitar observarte, ahí sentada, enmarcada en la tenue luz vespertina de cualquier atardecer primaveral. Sentir que tu vida sigue, ahí, siendo el privilegiado espectador de esa sinfonía de sentidos que conjugan el embargo que te produce la abstracción de la novela que tanto te gusta y el suave olor de tu pelo recién lavado sobre el cabecero del sillón. Apenas puedo contener ese impulso que siempre me lleva a encarcelar tras la oreja ese rizo que siempre queda libre cuando inclinas la cabeza, pero sería desvirtuar la escena. Cualquier acción por mi parte no serían más que infantiles trazos en una obra maestra viva; con sus inmejorables defectos, con sus expresivas virtudes, con sus retales de realidad sumergidos en la naturalidad de poder verte así, sin más injerencia que la del tenue sonido acompasado del hojeo de cada página de la espesa novela de turno que, tarde tras tarde, amabas devorar desde que me alcanzan los recuerdos hasta que el sueño te acababa venciendo allí, en aquella mezcla sugerente de realidad provocadora, aprisionando el labio inferior y dejándolo resbalar suavemente al tiempo que el placer de la lectura se sumía al cansancio de una vista que se anteponía a la salud leyendo por encima de unas cada vez más necesarias gafas.
 
Pero no me mires amor, por favor. Sigue ahí, ensimismada en tu tarea. Sigue ahí porque no hay maravilla más grande que pueda disfrutar en el mundo que la de saber que tú sigues ahí, día tras día, como cada tarde, pudiendo sentir que el tiempo sigue pasando. Porque cada momento que tú pasas ahí me hace sentir vivo. Puedo aún notar cierta tristeza en tu rostro, pero no quiero que me digas nada. No rompas este momento como antaño hacías lanzando preguntas al aire, porque sabes de sobra que estoy aquí. Que aunque mi sillón esté vacío sigo sentado en él, y que a pesar de lo que tú puedas creer, jamás rompí mi promesa de estar juntos siempre. Porque sigo aquí y aquí seguiré. Al menos mientras sigas recordándome día tras día, algún que otro minuto, o simplemente antes de dormir.
 
Te quiero.

28 de julio de 2012

Ave Fénix

Cierro los ojos. Concibo una idea. Sí, tan fácil como eso. Aún sigo teniendo la misma imaginación que hacía tomar vida a mis soldados de plastilina y que los llevaba a través de interminables campañas que siempre acababan victoriosas en el más épico de los escenarios. Esa idea deambula por los tortuosos caminos de todas las cisuras más profundas de mi cabeza, ensuciándose a la par que resbala por entre las podridas entrañas que posee todo aquel que, como yo, esconde mucho más de lo que deja ver. La idea ya es más grande que yo. La idea ya es una historia. Una historia que nunca, por muy tardío que sea su alumbramiento, nunca es feliz. Porque siento que no sé dominar ideas positivas, pero sí moldear las negativas. Porque me gusta provocar algo, y la vida me enseñó que provocar dolor es más barato y sencillo. Porque si lees mi idea, y te produce tristeza, contribuyes a una falsa ilusión de soberbia que levanta apenas un par de milímetros la comisura izquierda de mis labios.

Pero llega la hora de trasladarla a vosotros, y mis dedos se vuelven etéreos. Intento pulsar con fuerza todas y cada una de las teclas y no lo consigo. La idea ruge por salir al exterior, transformando mi pueril método tipográfico de seis dedos a pulsaciones que línea tras línea acaban siendo devoradas por el cursor. Un bucle infinito de ensayo y error. Y así, noche tras noche, me regocijo en el fracaso de mi yo escritor, la supremacía de mi ello imaginario y el dolor sin causa de un desvencijado superyo.

Y ahí, en mitad de esa lucha desigual, es donde entráis vosotros. Sí. Vosotros. Los que leeis esto, y los que no. Los culpables de mi sequía literaria. Porque si disfrazáis vuestro miedo y tristeza con una máscara de indolencia, ¿ para qué voy a intentar revertir vuestro estado?. Os habéis conformado con un halo de esperanza mientras intentáis ignorar la cada vez mayor certeza de un pasado mañana donde no tengáis más recuerdos que aquéllos que quepan en un carrito de supermercado. Os ilusionáis con revolucionar un mundo que os viene grande, cebados con una esperanza de cambio social convergente hacia una supuesta democracia real que nunca llegará, porque como todo rebaño de ignorancia siempre necesita una cabeza visible que pueda rodar. Porque cuando va todo bien todos queremos tajada, y cuando va todo mal queremos responsables. Vosotros habéis hecho que mueran las ideas, transformándolas en una dicotomía que por su peso nunca acabará equilibrando una balanza que necesita a todos los remeros trabajando en una dirección. Se os llena la boca con deseos de una violencia pasada inaplicable a un tiempo presente, demostrando que tenemos memoria, que tenemos historia, pero que, fíjate que casualidad, es selectiva.

Vosotros habéis hecho morir a las ideas, porque las habéis asociado a personas. Y las ideas deben ser eternas, incorruptibles, inalienables. A prueba de toda herrumbre, de todo desgaste que el tiempo, el ser humano y su propio germen pueda ocasionarle. Es por eso por lo que las personas mueren, y las ideas; por desgracia, se corrompen escondidas bajo el enjironado manto de una oligarquía política pasada, presente y futura.

Por eso os pido a vosotros ayuda. Os pido que no os engañéis. Frotad vuestros ojos a ver si así esa maraña de felicidad autoimpuesta os deja ver la realidad. Una realidad que va más allá de que haya salida o no. Una realidad que se plantea si queremos que la haya. Una realidad que devora al que menos tiene, y engorda al que más. Una realidad que nos importa poco mientras la pelota ruede, mientras esté ahí impresa en rotativas, mientras no nos toque. Y es que este escritor fracasado no puede competir con vosotros, los que vivís ahí, los que con vuestra realidad superáis el peor de mis pensamientos.

Siempre recordaré cierta frase de una ex. No puedes salvar el mundo tú solo. Tenía razón. Hoy día incluso diría que tampoco quiero hacerlo. Quizás si dejamos que esto muera, de las cenizas podamos recuperar todo lo bueno. Aunque eso implique, por etimología, la autólisis del ser humano.

11 de julio de 2012

Un baño relajante

El armonioso repiqueteo del agua al estrellarse contra el metal del sanitario producía una acompasada reverberación entre la oquedad de encastre de la bañera y el frío metal de la misma, semejante al constante discurrir del agua por aquellas fuentes japonesas que tanto llegaban a llamarle la atención. El calor del líquido elemento saliente, reflejado en la constante profusión de vapor que había conquistado casi la totalidad del volumen de la estancia, se había convertido en el único velo que cortejaba su desnudo cuerpo de apenas dieciocho otoños; el cual era reflejado en una lacónica silueta de curvas definidas en la sinuosidad: caderas acompasadas en la alineación aún virgen de ensanchamiento perinatal; sexo guarnecido por simétrica musculatura pélvica lisa, sin átomo de grasa que pudiera desviar gota de agua desde su ombligo al encuentro de mil pasiones aún debatiéndose entre el instinto y la madurez necesaria para gobernarlo; que se ponía de manifiesto en la erección de sus turgentes pechos, de areolas pequeñas y oscuras, como las motas de una joven mariposa. Sin embargo, todo ese paraíso apenas explorado, se veía ensombrecido por un rostro mustio; tejido por pecas esparcidas al azar y el semblante de la espera interminable.

Bajo sus pies quedaron las imperceptibles braguitas infantiles y un albornoz rosado, formando un pequeño círculo testigo de su posición inicial. Alzó una de sus piernas y con movimiento solemne introdujo su cuerpo en la bañera. Conforme su volumen iba acaparando el espacio, la cálida sensación del agua invadía su cuerpo. Su mente se abría cada vez más, con la intención de imbuir aquella sensación sobre todo pensamiento. Sólo la diferencia térmica percibida al apoyar el cuello sobre el borde del frío metal la distrajo de su cometido. Lo suficiente para recordar por qué estaba allí, y por qué no estaba con él. En su cabeza rondaban los seis interminables meses en los que descubrió la amistad bajo sus confidencias, el amor al coger su mano por primera vez, y el deseo al sentir sus labios percutir la cartografía de su cuello. Y no había forma de eliminar aquellas tres sentencias, que se repetían como la canción del grupo de moda, entre anuncios publicitarios de amigas confidentes que te dan todo su apoyo, frases de madres del tipo "es el primero de muchos" y una falsa sensación de normalidad egoísta de aquel que no quiere entender que aunque su mundo seguía dando vueltas, el suyo se había parado el día que una red social había hecho oficial que su historia de amor había pasado, precisamente, a la historia.

Las lágrimas, que tanto trabajo le habían costado retener durante toda la tarde, ahora tenían permiso para recorrer su rostro. Porque era consciente que la vida sin él no tenía sentido. Porque era consciente del error que había cometido. Sus sollozos eran cada vez más evidentes y fuertes. La ansiedad había comenzado a dominar su cuerpo. Se reincorporó, y tapándose la cara con ambas manos rompió a llorar. El dolor del agua; aderezada con sales de baño como mortaja, sazonaba sus cortes verticales en ambas muñecas. A la margarita se le acabaron las hojas dictaminando que su vida era más importante, cuando había obrado de manera contraria. Intentó por todos los medios levantarse de la bañera. Quería gritar. Quería pedir ayuda. Quería morir de verguenza por haber segado de dos cuchilladas el mayor regalo que su madre le había dado. Quería volver a levantarse mañana y saludarle al Sol, a la vida, a todas esas pequeñas cosas que tanta gente le había dicho en esos días y que ahora, con aquella inestabilidad física cada vez más acuciante que sentía, podía ver con nitidez. Quería seguir aprendiendo cosas, seguir descubriendo el camino de lo prohibido, seguir disfrutando el miedo de masturbarse con la puerta entreabierta, seguir guardando y escupiendo confidencias según su interés y seguir sin preocuparse de los veinte, treinta y cuarenta años que aún veía tan lejanos, y que se perdían en aquella marejada espumosa que tornaba ya de color vinotinto. Intentó apoyar las manos para salir de allí, sin poder conseguirlo. Algún tendon seccionado se lo impedía. Tampoco tenía las fuerzas suficientes para gritar, ahogándose en aquella espiral de ansiedad y flaqueza que la estaba devorando, por su culpa.

Lo último que pudo oir fueron unos golpes retumbando en su cabeza y una luz cegadora aparecer por la puerta que había acerrojado. No podía saber en aquel momento si salió o la sacaron. Si moría o volvía a nacer. Por ello, decidió por utilizar el último resquicio de fuerzas que le quedaban en cerrar los ojos. Quizás así cogiera fuerzas, para volver a abrirlos.

3 de marzo de 2012

Síndrome de Estocolmo

La herrumbre acumulada en el grueso pestillo del habitaculo saltó por los aires de un solo movimiento. Mientras una de sus rodillas aguantaba la vertical, propinó un golpe seco a la puerta ocasionando un estruendo sonoro, tétrico, rápido. La había despertado. Las ondas sonoras liberaron al exterior el suave murmullo de sus gemidos, desacompasados bajo la estrecha partitura de la mordaza que inundaba su boca. Accionó el interruptor, encendiéndose la única bombilla de la habitación. Había conseguido recrearlo como tantas veces había soñado. La perfección del cuadrado hecha estancia, sin adornos, sin enyesado, sin alisado, sin retoques de albañilería que pudieran estropear la intimidad que necesitaba. Y en el centro de la habitación, bajo aquella bombilla pendiente del cobre, una silla, donde día tras día bajaba para apreciar a su musa. Su pelo rubio; oscurecido por la falta de luz solar, mostraba un alisado casi perfecto producto de los cepillados frecuentes que él mismo le hacía cada atardecer. Y el olor que desprendía el fajín morado que cubría sus ojos; lavado cada mañana, inundaba la estancia disimulando la humedad de la subterránea posición en la que se encontraba.Se acercó hacia ella, y con una de sus manos desprendió suavemente la gasa que cubría su boca. Percibió la sensación de alivio que había ocasionado en el milimétrico esbozo de alegría que dibujaron sus labios. Tiró suavemente del pico que asomaba por entre su dentadura, sacando la mordaza que había colocado en su interior. Le gustaba el tacto mojado de aquel trozo de paño embebido en su saliva. Su voz, áspera, intentaba evocar con susurros al silencio con el que convivía en aquel lugar:
-Hola... -musitó. No podía darle buenos días, ni tardes, ni noches, puesto que hacía bastante tiempo que perdió la noción del paso de los días. Su cautiverio había sido tanto espacial, como temporal, como sensorial. Siempre atrapada en un constante paréntesis de iguales olores, de idénticas sensaciones fijas y sombras constantes.
- Hola mi amor.- le contestó. En su voz podía notarse algo diferente. Era como el sonido de la tela al desgarrarse en tres palabras que parecían perderse bajo los últimos restos de la apurada bocanada de aire insuflada para arroparlas, hasta su desaparición bajo la falta de convicción física. Quizás hoy no le había ido bien en el trabajo, o habían llamado a la puerta más veces de lo que solían hacerlo; cosa que tan nervioso solía ponerle y ella notaba en el día a día de su captor. Tal vez habría visto algún coche de policía rondando la zona, o simplemente lo único que pasaba es que había llegado el momento que había deseado tanto de perder la cabeza; ahora que más a gusto se encontraba en aquel cautiverio. Pero no. Su corazón comenzó a agitarse de manera súbita. Podía oirle sollozar. Nunca había sentido que él se encontrara así. Algo había cambiado en él que inquietaba la perfecta monotonía bajo la que vivía entre aquellas paredes. Su captor había tomado una decisión sobre su situación. Lo sabía. Igual todo había terminado. Podía sentir cómo intentaba tragar su llanto ahogado, e imaginaba las lágrimas resbalando por su anónima cara hasta perderse entre los abismos de sus rasgadas facciones. Debía ser un hombre maduro, de gesto curtido, y mirada lánguida; o al menos así ella lo imaginó día tras día, mientras él le contaba su día a día en el trabajo, entre pasadas del cepillo a través de su melena. Así debía ser, a juzgar por sus manos fuertes, bien definidas, de huellas digitales profundas, marcadas, capaces de hollar sus mejillas cuando suavemente la tocaba al preguntarle cada noche si quería algo más antes de volver a amordazarla.
Pudo oír la silla retirarse lentamente, y tras un silencio eterno, aquel sonido; aunque nuevo para ella, produjo un terrible sobresalto. Aquella conjunción de chasquidos que provocaron el deslizamiento de la corredera sobre el armazón finalizaron con el seco golpe que alojaba el cartucho en la recámara, poniéndolo en disposición de ser desvirgado por la aguja percutora. Aquello no podía ser otra cosa que el final de su cautiverio tal y como ella lo había pensado tantas veces. No quería preguntarle por qué. Igual que nunca se había preguntado por qué nunca la había violado, ni maltratado, ni vejado. En aquel mundo dominaba él, su captor, y por tanto era él, y nadie más que él, libre designador de su destino. Su llanto era ya indomable, y un pequeño tintineo insinuaba que la supuesta arma temblaba entre sus manos. No podía contenerse. Mordía su labio inferior para amortiguar el dolor de la muerte. Apretaba las pestañas para duplicar la oscuridad que le ofrecía la venda y la gélida certeza de la muerte contrastaba con el calor provocado en su entrepierna por la incontinencia urinaria del miedo. Sabía que iba a morir.
Tras un corto silencio, el disparo siguió a un fuerte olor a pólvora que invadió el cubículo. No pudo evitar un grito y llevarse las manos a la cara. Rompió a llorar. Seguía viva. No tenía ataduras. No estaba atada. Aquello era imposible. Siempre lo estuvo. Retiró la venda y vio bajo sus pies un incipiente charco de sangre sobre el que yacía su captor. Cada vez respiraba más rápido. La ansiedad la había devorado. Un cadáver. Y una puerta abierta. Y nadie que impidiese su salida hacia un lugar que quizás ya ni la esperaba. La puerta volvió a cerrarse con la misma partitura con la que se abrió. Volvió el silencio. Y con él, un nuevo disparo.

17 de enero de 2012

Voy a intentar volver

Aunque me cueste. Un día se apagó la luz, y aún sigo buscando la salida del peor camino que puede recorrer un escritor fracasado. La apatía.

Pero no me olvido. Sé que aunque muy pocos, algunos aún seguís visitando este lugar de vez en cuando.

Un fuerte abrazo desde el fondo.